¿Has querido revivir algo placentero pero esa segunda vez no fue como esperabas? A mí me acaba de ocurrir, y la respuesta ha sido positiva.

En 1988 leí El silencio creador de Federico Delclaux. Su lectura dejó una huella imborrable en mi recuerdo y en mi forma de ver determinadas cosas. Treinta y dos años después lo he desempolvado. Tras sumergirme en sus páginas amarillentas, otra manera de entender la realidad se ha abierto en mí, y entre ellas el protocolo.

Del testimonio del filósofo español, José Ortega y Gasset, recogido en el libro, he aprendido cómo la perspectiva y la atención nos ayudan a comprender la idoneidad e importancia de las precedencias.

Ortega y Gasset enseña que la perspectiva es orden, «una jerarquía que imponemos al mundo en torno». Sin embargo, esta estructura no la decidimos nosotros, sino que ya está dentro de cada elemento. «El error está en suponer que puede nuestro albedrío decidir cuáles cosas han de ocupar un primer plano, cuáles el segundo, y así sucesivamente». Debemos respetar la perspectiva del escenario que nos rodea, en el cual sí que podemos actuar dentro de un margen sin provocar ningún daño a su configuración inherente ya que, de otra manera, provocaría su destrucción. «Si traspasamos los límites [de las cosas] concedidos, quedan maltrechas, aniquiladas, y la vida, que no es sino nuestro trato con ellas, se desorganiza y degenera».

Esta visión de la perspectiva de Ortega y Gasset la percibo aplicada al protocolo, concretamente al concepto de precedencia. Me explico.

Las instituciones oficiales, y en consecuencia sus titulares, tienen una perspectiva propia que la desciframos en normativa para su aplicación. Esta ordenación es la base que el profesional del protocolo debe asumir como algo natural y bueno, no como una imposición que dificulta su trabajo. Debemos interactuar con las precedencias desde la lealtad hacia ellas y desde el conocimiento humilde de nuestra labor en la configuración completa de las precedencias en una ceremonia determinada. Solamente de esta manera conseguimos que el acto no se corrompa.

El otro término que define el filósofo en el volumen, y que relaciono con el protocolo, es la atención.

Para Ortega y Gasset la atención es «la facultad jerárquica y organizadora por excelencia». Es decir, prestar atención a una cosa determinada conlleva desatender a otra. Y es más, si a esa cosa le otorgamos la atención que no le corresponde, provocamos su decadencia. «Si un objeto de escasa entidad es sometido a una atención de alto temple, no encuentra ésta en él pasto adecuado; la fuerza de succión en que consiste atender no halla jugo bastante de que apoderarse y la pobre cosa, torpemente favorecida por nuestro capricho, nos parecerá seca y miserable. Puesta, en cambio, en su rango natural, acaso satisfaga una atención de menos cuantía y la sintamos justificada y suficiente».

En el ámbito del protocolo, esta enseñanza la relaciono con la afirmación de dar a cada uno el lugar que le corresponde. Una idea que recojo en la entrada «El chantaje protocolario» de mi blog y que puedes leer pinchando aquí.

En ocasiones oigo cómo responsables del protocolo se vanaglorian por ubicar a su «jefe» en una posición superior a la que le corresponde. ¡Qué equivocados están! Toda autoridad tiene el derecho y el deber de ocupar la posición asignada por su rango. Solamente ésta le confiere la seguridad y la autoridad necesaria para representar a la institución que preside. Y en otras ocasiones, vemos cómo personalidades, por decisión propia, se cuelan en escenarios que les son ajenos obteniendo una atención mísera e informaciones como esta: «Las redes sociales tomaron este lunes como blanco de bromas a Nicolás Sarkozy por su búsqueda de protagonismo a toda costa, cuando a pesar de su calidad de expresidente se las arregló para salir en la foto junto a los presidentes en ejercicio», recogió La Prensa el 13 de enero del 2015.

Quizás a los ochenta años vuelva a releer El silencio creador, y seguro que sus enseñanzas me ofrezcan otra visión de mi realidad. Y quizás, pueda volver a compartirla con todos vosotros.

Mª del Carmen Portugal Bueno