No hay excusas. No podemos normalizar que un universitario con sus estudios finalizados en organización de eventos y protocolo comience su carrera profesional como azafata de eventos. Y digo más. No podemos aceptar, ni facilitar, que en sus prácticas externas obligatorias en la formación realice una actividad muy por debajo de sus conocimientos y competencias.

Quizás esta convicción sea criticada, pero se me cae el alma a los pies cuando recién titulados en esta disciplina muestran públicamente su agradecimiento por esta «oportunidad».

O, ¿es que un médico inicia su andadura como celador? ¿O un periodista como repartidor de periódicos?

Dichas prácticas externas en empresas, obligatorias para la obtención del título, tienen como objetivo adquirir conocimientos y competencias complementarias a la formación académica. En consecuencia, esta práctica debe ir en consonancia con la teoría, es decir, tiene que estar al mismo nivel, ni por debajo, ni por encima.

Algunos hablarán de sobrecualificación, o lo que es lo mismo, tener más cualificaciones que las necesarias para desempeñar un trabajo, una realidad del mercado laboral. Pero, ¿y qué pasa con la frustración?

¿Podemos permitirnos el lujo de que nuestros universitarios se conviertan en profesionales frustrados? O es más, ¿podemos permitirnos el lujo que esta tan amada profesión se relacione con la desesperanza y el conformismo?

Está muy bien hablar y poner en valor el éxito logrado al elevar como formación universitaria oficial la organización de eventos y el protocolo. Pero no nos conformemos, y me incluyo. Tenemos que conseguir que ese estudiante que inicia su carrera con toda la ilusión del mundo, también comience su vida laboral con ese mismo ánimo. Y esto requiere, lucha, inconformismo, tenacidad, valor, esperanza y fe en uno mismo. Cualidades que hay que trabajar y ejercitar durante la carrera.

Solamente con universitarios que salen al mercado con ímpetu, convencimiento de su valía profesional y sin miedo a decir no, lograremos que esta profesión tenga futuro. Poniendo en valor a los profesionales, se pone en valor la profesión. Y no al revés.